Estrés y libertad.

Ultraligero sobrevalorado un bosque.

Sabía que los controles eran sensibles, e incluso me había familiarizado a ello. Mi experiencia previa en simuladores de vuelo computarizados y con modelos a radiocontrol confirmaban lo que había leído en innumerables textos sobre aviación y con el propio dicho de mi instructor. Pese a ello fue una sorpresa descubrir que podían ser más sensibles de lo que había anticipado. Me encontraba en el aire a tan solo unos cuantos minutos de haber despegado y mi instructor se estaba encargando de hacer de esta, mi primera experiencia real con un ultraligero, algo muy distinto a lo que tenía en mente. Yo estaba a cargo, con la sencilla misión de mantener el vuelo en una dirección fija. Sencilla, pero extremadamente demandante para alguien que horas antes solo esperaba dar un paseo.
Mi atención se dividía entre las lecturas de los indicadores y el ajustar los controles. Esporádicamente levantaba la vista en un esfuerzo casi estéril por disfrutar del paisaje.
Nos desplazábamos en un viaje tranquilo, a apenas unos 100 kilómetros por hora unos cuantos cientos de metros por encima de los alrededores del lago de Tequesquitengo. El motor trabajaba afanosamente manteniendo 5 mil 800 revoluciones por minuto, aunque mucho más relajado con respecto a la exigencia del despegue. Quisiera conocer la trayectoria de ese primer vuelo memorable, aunque me cuesta trabajo definir con precisión los lugares sobrevolados. El pequeño parabrisas del avión hacía su trabajo; pese a la cabina abierta los rayos del sol nivelaban el efecto del viento dando como resultado una temperatura confortable. De hecho, todo lo era. Ante mí se extendía un mundo sin límites, un horizonte infinito que contrastaba casi con ironía con las dimensiones de la cabina. “¿Qué te parece?”, preguntó Rodrigo en un momento clave, justo cuando la emoción del despegue se iba sumando a la memoria. “Majestuoso. Es sorprendente”, respondí casi como si hubiera estudiado previamente aquel diálogo.
Pese a la tranquilidad ofrecida por el paisaje, yo me encontraba en un estado de estrés agudo. Sabía que Rodrigo estaba detrás, pero constantemente me recordaba mediante el intercomunicador que él no estaba tocando los controles y que yo estaba a cargo. “Cuida tu velocidad. Baja la nariz. No permitas que baje la velocidad.” me decía con frecuencia cuando el Talon XP comenzaba a vibrar anunciando la necesidad de incrementar la velocidad. Unos minutos de breve familiarización y de continuos pero pequeños ajustes en los controles, y de pronto comenzaron nuevamente las indicaciones. “Gira a la derecha. Recuerda sincronizar los alerones con el timón”. Es más fácil decirlo que hacerlo. Al menos la primera vez.
El aire no era igual que en la superficie. Era claro que se comportaba como un volumen que cargaba nuestro peso, el cual surcábamos suavemente. Por momentos algunas ráfagas se hacían presentes, cambiando nuestro rumbo o modificando nuestra elevación, pero la palanca de mando poco a poco se convertía en una aliada y dejaba de ser un obstáculo. Pasaban los minutos y todavía no lo podía creer: estaba al mando de una máquina voladora en plena acción.
Mi mente se encontraba por momentos dividida en pedazos. Una parte se sentía abrumada por la presión y el exceso de información que continuamente procesaba, delegando por momentos las acciones principales a otra menos sensible y capaz de trabajar de forma casi autónoma. Una tercera sección quería disfrutar del paisaje.
Minutos más tarde, Rodrigo me indicó la trayectoria a tomar para aproximarnos al aeródromo. Sobrevolamos el lago de Tequesquitengo justo por en medio, brindándome una de las mejores vistas de toda la experiencia. Esto es lo que durante tantos años había deseado hacer. Este era el momento que daba inicio a saldar aquella vieja cuenta pendiente con mi pasado.
Después de cruzar el lago, Rodrigo me indicó que iniciaríamos el proceso de aproximación y que él se haría cargo en lo sucesivo. Una vez escuché la frase “mi avión” con la que me indicaba que él estaba al mando, mi mente comenzó a reintegrarse en un solo cuerpo paulatinamente. Pocos minutos después el tren de aterrizaje tocaba tierra con suavidad, poniendo fin a este primer capítulo por tan largo tiempo añorado.