Entonces quieres volar.

Niño piloto.

-Así que en verdad quieres volar. Después de todos estos años finalmente te decides a hacerlo y afrontar lo necesario para emprenderlo- me dije a mí mismo en medio de un insospechado diálogo interno en el cual de forma casi súbita parecía tomar una decisión de gran relevancia para mí. No suelo platicar mucho conmigo. No suelo platicar mucho. Excepto cuando comienzo a hacerlo. Entonces sí que puedo platicar y lo difícil dejar de hacerlo. Así me ha sucedido siempre, cada vez a lo largo de la vida cuando ante la menor provocación de pronto se puede sostener una plática sobre aviación.
Desde mis primeros años de vida sentí una atracción un tanto inexplicable hacia la experiencia de volar. Decididamente esperaba dedicarme a ello como forma de vida incluso antes de cumplir los diez años. Y de pronto, de manera un tanto precoz tuve mi primer rompimiento profesional al entender unos pocos años más tarde que el estilo de vida de un piloto aviador no era lo que yo deseaba para mi futuro. A los trece años no tenía idea del camino que habría de decidir para mi vida pero tenía bien en claro que la aviación no sería la opción a elegir. Más tarde llegó el momento de seleccionar mi vocación y me introduje en el mundillo de la ingeniería, aunque secretamente sostenía un idilio mental con la aviación. La universidad fue el momento donde bajo mi forma de pensar, menos pragmática y mucho más idealista que hoy día, consideré razonable incursionar de alguna forma en la aviación durante mis años adultos, no como profesión, sino como un mero pasatiempo. También era entonces más ingenuo.
Pasaron los lustros y permanecía en tierra, salvo por los trayectos de las vacaciones familiares donde mi posición me descalifica para siquiera permanecer cerca de una ventanilla, o los de trabajo donde el enfoque demandado hace más difícil disfrutar la experiencia de volar. Me dediqué a construir una carrera dentro de la empresa, a tener una vida en familia, a estudiar una maestría, a aprender una y mil chucherías, pero nada relacionado con volar salvo una efímera incursión en el aeromodelismo. El tiempo había colocado ante mí cosas con las que no contaba, incluyendo una serie de hobbies que me resultaban suficientemente apasionantes para mantenerme distraído: la fotografía, la astronomía, la programación… alguna veces incluso compraba un pequeño helicóptero de radiocontrol y lo volaba en mi recámara hasta romperlo. La aviación estaba del todo olvidada. Esporádicamente era invocada por algo en el ambiente causándome una leve nostalgia que se desvanecía de forma repentina y sin dejar mucho rastro. Estaba resignado.
No sé explicar exactamente qué sucedió hace casi dos años cuando me sorprendí retomando el tema e invitándome a mí mismo a dar el paso pendiente. Introducirme en el vuelo de aviones ultraligeros nunca había sido parte de la ecuación pero de pronto esta actividad se insinuó ante mí no solo como razonable, sino incluso obvia, evidente y trivial. Sería la manera perfecta de saldar aquella vieja cuenta pendiente. No fue fácil siquiera considerarlo: de inmediato me asaltaron en la cabeza ideas que dificultaban o entorpecían la decisión: la necesidad de dedicar tiempo a aprender, el requisito de desplazarse grandes distancias para llegar a los sitios de práctica, el potencial riesgo asociado, y desde luego la inversión requerida. Encontré el impulso necesario en la generosa confianza de mi mujer quien rápidamente me animó a no desistir, dirigiéndome con toda precisión justamente las palabras que necesitaba. Era el momento de hacerlo.
Hoy continúo en tierra y las ventanillas son todavía un lujo. Pero la situación podría comenzar a cambiar. En seis días tendrá lugar mi primer vuelo en ultraligero lo cual me tiene profundamente emocionado. Lo contraté hace algunos días como una forma de marcar el inicio en esta aventura y poner fin a la prolongada antesala que he colocado para acomodarme ante la falta de acción. Quizá sea este en verdad el autentico fin de tan prologada espera.