Crónica de una compra frustrada.

Hace apenas un par de semanas pensaba estar próximo a dar el que sería el paso decisivo en esta experiencia. No fue así.
El fin de semana antepasado sería uno de los más emblemáticos en esta aventura y establecería el marco dentro del cual habría de comprar mi avión. Al salir de la oficina el viernes sin perder tiempo emprendimos camino hacia San Luis Potosí. Estimábamos llegar temprano por la noche pero el camino tomó un poco más de lo esperado. A las 8 y media nos habíamos registrado ya en el hotel y unos minutos más tarde conocía a Federico con quien a lo largo de varios meses había tenido contacto por teléfono y otros medios electrónicos platicando siempre de su avión y bosquejando la operación comercial que habríamos de cerrar.
Fuimos a cenar a un restaurante japonés. Lula y yo carecíamos de apetito y ordenamos algo muy ligero para no limitarnos a ver comer a Federico. Casi de inmediato entramos en materia: estaba preparado con un portafolio que parecía ser demasiado grande para estar relacionado con la operación comercial de un avión tan pequeño. Pronto comenzaron a emanar de él algunos documentos: facturas, pedimento, bitácoras, manuales... justo allí, frente a un insípido rollo de sushi me di cuenta de lo que estaba a punto de hacer. La culminación de un viejo pendiente de vida estaba aproximándose a su desenlace.
Federico había mostrado ya durante las llamadas más recientes de los últimos días cierto remordimiento por efectuar la operación, argumentando cambios en los criterios con los que habíamos acordado ya el precio, aunque en todo momento terminaba reiterando su compromiso por cerrar el trato en los términos acordados durante las semanas más recientes. Sin embargo, la cena fue marco para presentar un cambio de juego de último momento. Un contratiempo no anticipado, pero habíamos viajado más de 400 kilómetros y no iba a renunciar tan fácilmente al escenario largamente bosquejado en mi mente.
Al terminar la cena acordamos la hora a la que habría de recogernos por la mañana para dirigirnos al aeropuerto. Lula y yo estábamos sumamente cansados, pero al menos mi entusiasmo me llenaba de fuerzas para afrontar la desmañada del día siguiente.
Llegó el sábado y Federico llegó junto con los primeros rayos del sol. El trayecto al aeropuerto tomó mucho más de lo que hubiera imaginado, pero aun así no podía dejar de envidiar a Federico por disponer de una pista a su alcance dentro de su propia ciudad. Al llegar al aeropuerto, ingresamos por la puerta que utilizan las personas con acceso a los hangares, lo cual para mí resultó ser una experiencia interesante. Me llamó la atención la falta de seguridad para acceder y la laxitud de los filtros de seguridad. No nos bajamos de coche; Federico presentó un gafete y sin mayor revisión nos permitieron el paso. No esperaba algo así en un aeropuerto internacional. Condujimos un minuto y nos estacionamos justo frente a un hangar.
Ayudé a Federico a abrir las puertas del inmueble, lo que tomó algunos minutos. Ante mí, una a una se presentaban las aeronaves resguardadas al interior del edificio, cuidadosamente acomodadas en una proximidad casi íntima. Sin buscarlo tuve una confirmación del amor que siento por lo aviones al absorber con cada poro de mi piel el escenario del que momentáneamente yo era parte. Y allí, un poco más atrás, el pequeño S-12 amarillo y blanco por el cual habíamos viajado ese fin de semana. Tan solo unos segundos después me encontraba ya tocando su ala derecha, casi acariciándola como si estuviéramos presentándonos. En ese momento no era un avión, sino un ser vivo casi racional. Después comencé a caminar alrededor suyo, explorándolo desde cada punto de vista y perspectiva posible. Hice un esfuerzo por no parecer demasiado entusiasmado pero no logro evaluar el éxito de mi intención. Finalmente me asomé a su interior. Todo se veía como en las fotos recibidas semanas antes, pero la mayor intensidad de los colores y la mejor definición de las imágenes captadas por mis ojos no hacían más que maravillarme. Por momentos Federico me arrastraba fuera del ensueño en el que me encontraba, explicándome algo, informándome sobre cualquier cosa, pero rápidamente regresaba a mi estado de introspección. De pronto escuché la voz de Federico quien solicitaba mi ayuda para mover el avión que estaba al frente para poder dar paso al S-12. Entre los dos comenzamos a empujar una Cessna de seis plazas, llevándola suavemente hacia el exterior del hangar. Federico se encargó entonces de sacar el S-12, cuya pequeña talla solo requería el esfuerzo de un hombre para colocarlo en posición. No por nada se les llama ultraligeros. Con un poco más de esfuerzo, devolvimos el Cessna de vuelta a su lugar. Inmediatamente después, Federico se comunicó con la administración del aeropuerto para abrir plan de vuelo, indicando que permaneceríamos en los alrededores dentro de un radio de 5 millas y que realizaríamos algunas maniobras de toques y despegues. Dos minutos después estaba ya a bordo del avión. Me sorprendió lo reducido del espacio y la muy escasa distancia entre los dos asientos. Para mantener mis pies libres de los pedales de timón me tuve que colocar en una posición en la cual mis rodillas obstruían la lectura de algunos instrumentos, y de hecho era muy difícil mantener la postura adecuada para que el bastón de mando entre mis piernas pudiera alcanzar todo el rango de movimiento sin impactarse con alguna parte de mi cuerpo.
De pronto, la ignición del motor se hizo presente y el ambiente quedó saturado con el rugir de aparente poder del motor. No dejaba de pensar que aquella fuente de poder era capaz de desarrollar apenas 80 caballos de fuerza, y que sería esa potencia la que pondría en vuelo a un avión de 10 metros de envergadura con 60 kilos de combustible y dos adultos de talla regular. A través de la cabina veía a Lula quien permanecía a un lado, afrontando con paciencia un momento en el que evidentemente yo era quien más disfrutaba. Tras dar unos minutos para alcanzar la temperatura adecuada de motor, Federico inició comunicación con torre y tras obtener la autorización comenzamos el carreteo hacia plataforma. Con un movimiento de lado a lado, me despedí de Lula deseando poder tenerla a bordo.
Pronto resultó pasmosamente evidente la verdadera dimensión del S-12. En nuestra trayectoria en tierra resultaba ridículo siquiera intentar comparar las dimensiones y características del ultraligero con las de los jets que se encontraban en plataforma o terminal. Pero en ese momento éramos un avión más queriendo hacer uso de la pista. Tras una segunda autorización comenzamos a dirigirnos a la cabecera, lo cual por las características del aeropuerto de San Luis se hace rodando sobre la propia pista. Dos minutos más tarde, ya en la cabecera, dimos un giro de 180 grados. Ante mí se presentaba una panorámica poco usual para un pasajero. La vista se extendía hasta la lejanía, casi fundiéndose con el horizonte. Federico presionó los frenos, aceleró el motor a su marcha máxima haciéndome sentir al pequeño monstruo enfurecido a nuestras espaldas; al alcanzar un régimen elevado de revoluciones liberó repentinamente los frenos. El S-12 inició de inmediato su marcha apresurada sobre el asfalto y tan solo un parpadeo después el piso no nos soportaba más. Los edificios fueron haciéndose pequeños y todavía podía ver por debajo que la mayor parte de la pista estaba todavía frente a nosotros. Al alcanzar 500 pies por encima de la pista, salimos por la izquierda con un viraje suave pero decidido.
No había pasado ni un minuto y ya me resultaban evidentes las enormes diferencias con respecto a mi vuelo anterior, efectuado dos meses atrás en un Talon con asientos en tándem y cabina abierta. Pese a todo, el S-12 se sentía más como un avión, muy diferente a la sensación de atracción de feria que por momentos parecía haber sido la experiencia previa. Sentí que el S-12, pese a sus evidentes limitaciones, podía ir a cualquier lugar.
Durante varios minutos volamos por los alrededores. Federico solicitó autorización para realizar toques y despegues pero le fue denegada debido a que un avión de Aeroméxico estaba próximo a despegar. Después sería un Interjet. Para aprovechar el tiempo, solicitó autorización para extender el radio de maniobras a 10 millas, con lo que pudimos alejarnos un poco tras recibir el visto bueno de torre. Las vistas, como era de esperarse, fueron espectaculares. La perspectiva superior de las montañas en la cercanía me ofrecieron una muestra de los paisajes que siempre me han cautivado; pasamos sobre una mina a cielo abierto lo cual fue sumamente interesante e inusual para mí. Felipe decidió que sería buen momento para entregarme los controles de la nave. La suavidad de su vuelo fue muy distinta a lo que había anticipado; los controles más sensibles que lo experimentado en el Talon, la maniobrabilidad muy superior y en términos generales el S-12 me entregó un cúmulo de sensaciones placenteras, dejándose someter como una bestia dócil que deseaba aprender a complacer a su amo. Aprovechó la oportunidad para impartirme una clase improvisada donde me pidió realizar algunos giros con puntos de inicio o fin específicos, cuidando la velocidad y la altura. Poco después habríamos de regresar a las proximidades del aeropuerto, donde esta vez con consentimiento de torre realizamos un touch and go. El aterrizaje fue una experiencia distinta para mí; desde mi asiento en primera fila pude presenciar una maniobra en la cual el terreno se aproximaba rápidamente llenando mi campo de visión, mientras descendíamos con pronunciado ángulo de ataque para poco después nivelarnos y tocar con toda suavidad la pista. Casi instantáneamente, Federico hizo uso de toda la potencia de la planta de poder y de inmediato estábamos nuevamente en el aire. Esta maniobra la repetimos cuatro veces más, en ocasiones teniendo que permanecer en patrón de espera para permitir a algún otro aparato despegar o aterrizar. Incluso en un momento, Federico se aventuró a permitirme efectuar las maniobras de aproximación, tarea sin duda fuera de mi alcance.
Finalmente aterrizamos para que Federico pudiera ir al baño. En tierra, mientras tanto, yo trataba de procesar todas la experiencias a las que me acababa de someter. A su regreso revisamos la cantidad de combustible restante y tras abrir un nuevo plan de vuelo nos encontrábamos en la cabecera de la pista listos para un nuevo despegue. En total volamos dos horas.
Al finalizar repetimos la maniobra de acomodo con la Cessna, el S-12 y el hangar. Lula me había estado esperando en el restaurante del aeropuerto sacrificando su entretenimiento para que yo me divirtiera, consolándose con los juegos cargados en su iPad mientras yo volaba. Una vez cerrado el hangar, Federico nos llevó de regreso a nuestro hotel. En el camino confirmamos algunos detalles de la manera en la que cerraríamos la operación en días posteriores.
El lunes, de regreso en la ciudad de México, escribí a Federico para agradecer sus atenciones. Rápidamente respondió mi mensaje, agregando un resumen de los términos a seguir para realizar la compra. Términos nuevos, los cuales me alejaban del objetivo conforme los leía. Tras pensar algunos días sobre el tema, decidí no realizar la compra.
En estos momentos, diez días después, sé que deseo continuar con este proyecto. Me gustaría haber comprado el S-12, pero sé también que el no haber concretado la operación me dará oportunidad de encontrar una mejor opción. Ya estoy considerando una nueva alternativa, un Kitfox que cada vez que veo sus fotos me roba un nuevo suspiro. Uno más profundo cada vez. Quizá sea ese el destinado para mí.