Abrazando el cielo por primera vez.

Ultraligero a punto de despegar.

El instructor quien se haría cargo de introducirme a mi primer vuelo, Rodrigo, me daba las primeras indicaciones minutos antes de abordar el avión. Lo acompañé alrededor de la aeronave a realizar la verificación de seguridad previa al vuelo donde me explicó algunos de los puntos a ser revisados antes de cada despegue. Después nos aproximamos a la cabina donde me instruyó sobre el uso de los controles. Hasta allí nada complicado: la palanca a los lados para inclinar el avión mediante los alerones, hacia enfrente para bajar y hacia atrás para subir usando el elevador. El timón se activa mediante los pedales, al igual que el eje de dirección en tierra. No es intimidante, ni complejo. Inmediatamente después pasamos a tratar el tema de instrumentos. Pese al escaso número de indicadores mi mente se encontraba concentrada en no perder detalle sobre la explicación de su lectura. Poco a poco comenzaba a acumularse la información. A continuación la instrucción llevó a integrar los rubros anteriores: las revoluciones que debe mantener el motor al despegue, en ascenso y en crucero; la temperatura de los gases de escape a ser observada; la velocidad indicada mínima que debe mantenerse… sin notarlo me encontraba tomando ya mi primera instrucción en el tema, pese que mi expectativa para esta primera experiencia era meramente turística y panorámica.
Rodrigo sabía desde antes que mis intenciones a mediano plazo incluían comprar un avión e incursionar en el medio. Quizá por ello optó a hacer un cambio en la forma en la cual acostumbra a dar este servicio con sus clientes: decidió que yo abordaría el lugar principal, al frente, donde se encuentran todos los controles e instrumentos mientras que él viajaría en el lugar posterior, con los controles básicos. Y la ansiedad finalmente se hizo presente.
Abordé. Lo hice siguiendo cuidadosamente las instrucciones de los lugares donde debía colocar los pies y las manos. El espacio es realmente reducido, casi acogedor, brindando una sensación de intimidad. Me coloqué el casco con el sistema de radio e intercomunicación. Rodrigo hizo lo mismo y a partir de ese punto todos los diálogos a bordo fueron por vía electrónica. El ruidoso motor era apenas un susurro. Mi instructor me dio entonces la primera orden: “¡Vámonos! Acelera el motor hasta comenzar la inercia. Dirígete a la pista lentamente. Cuida las puntas de tus alas, ¡cuida tus puntas! Despacio. Vigila que no venga otro avión antes de cruzar. ¡Verifica tus puntas!” En verdad era yo quien realizaba ese primer carreteo acercándome a la cabecera de la pista. Unos momentos después estaba allí. Ante mí, una larga franja de pasto corto extendiéndose a la distancia. Y después, el cielo. Podía sentir mi corazón latir a toda prisa.
-Yo voy a hacer casi todo al despegar- dijo, dándome un respiro necesario. -Tú me darás las lecturas de los instrumentos cuando te lo solicite. Comencé a sentir una especie de responsabilidad para la que no estaba preparado. De pronto, la segunda orden: “¡acelera a todo!”. ¿No se encargaría Rodrigo de esta parte del viaje? Obedecí. Sabía que estaba allí encargándose de que todo estuviera bien. Moví la palanca que controla el motor a su posición de máxima potencia. El motor no era ya un susurro: era una bestia en agonía que gritaba y se lamentaba, haciéndome estremecer mientras a cada segundo nos impulsaba por la pista cada vez más vertiginosamente. El aire en la cara se hizo presente, igual que la vibración a la que todo el aparato y nosotros dos nos sometíamos por acción del desplazamiento en tierra. -“Velocidad indicada”, me dijo a modo de pregunta. “Cincuenta”, respondí de inmediato tras verificar el indicador. “Bien. Prepárate para jalar”. Era claro que el ave quería volar. La proximidad con la superficie hacía que la velocidad se sintiera emocionante y cercana, mientras el final de la pista parecía ir aproximándose. “Listo, comienza a jalar”, me dijo. Podía sentir a través de los controles que pese a que mi mano jalaba la palanca, era Rodrigo quien se encargaba de dar la posición exacta al mando. Yo proponía pero él disponía. La aeronave parecía continuar rodando solo por mantener el último reducto de un vínculo improrrogable con la tierra. Solo un instante después el tren de aterrizaje era ya un lastre innecesario. Nos hicimos al vuelo. La vibración quedó atrás, mirando cómo nos alejábamos hacia el horizonte dejando en cabina solo aire y suavidad a la vez que algunos objetos comenzaban a dibujarse en el paisaje con una perspectiva distinta a la habitual. Estábamos volando: volar por volar.
“Velocidad del motor”, preguntó Rodrigo sacándome abruptamente de la breve catarsis en la que me encontraba. “Seis mil doscientos”, contesté. “Disminuye a cinco mil ochocientos”, me indicó sin titubeos. Obedecí de inmediato. “Elige un punto en el horizonte e intenta mantenerte en esa dirección. Estás volando solo”.